
intentas coserte tu sombra a los talones,
justo debajo de aquiles
y por encima de cualquier otro dios
que todavía se moleste en atarse
los cordones.
sabes que volar a costa de saltos de página
no le da a uno alas.
pero a veces las cosas se reducen
a lo mismo de lo contrario.
y, entonces,
la inquietud de un teclado de ramas azules,
con ninguna tan fuerte
como para colgarse a golpe de soga y cuello,
te hacen despertar
para seguir soñando.
de reto con el equilibrio de un cigarrillo
en tu mano izquierda,
y el peso del mundo
en los cinco dedos que te sobran.
después,
sólo te queda mirarte en el espejo
(de reojo)
y descubrir
que seguimos estando solos;
y muy mal acompañados.



