Lo cierto es que hace días que no escribo.
Mamá lleva toda la tarde sacando brillo a los azulejos de la alhacena y pone cara de pena porque dulce chacón está muerta y es una auténtica putada.
Papá ha empezado, de nuevo, a volar helicópteros teledirigidos. Es, un poco, su forma de rozar el cielo a golpe de sueños que siempre acaban por quedarse a medias mitades de intentos de supervivencia.
Hoy conocí al chico de Rebeca, ¿sabes?, y él me reconoció la cara aunque nunca me había visto antes. Prometo decirle la próxima vez que en serio que me tomo en serio el tema familia y que mi hermana es como las canciones que nunca escribo pero que siempre bailan por mi cabeza. Te gustará, toca el bajo y tiene unos ojos preciosos que miran como que no lo saben.
Mis abuelos siguen luchando contra un mundo que cambia demasiado rápido y de eso entienden bien poco las arrugas y la posguerra.
Yo ando cansada por esta acera de incertidumbre entre dos mundos que se dan la espalda y dos vidas que se empeñan en no saberse. Esquivando las llamadas perdidas de personas a las que todavía no he encontrado. Gozando de este jodido instante de inspiración que me lleva a decirte que llevo sin decirte que te quiero demasiadas horas. Demasiados versos.
Lo cierto es que hace días que no escribo.
Las risas de los niños que juegan en la piscina se cuelan por el tejado de mi casa como una canción de Silvio Rodríguez en un día de lluvia y vuelvo al momento espejo, al instante luego.
Después.
Quizá más tarde.
Hay gatos en mi jardín cazando las vidas que siempre soñamos, convirtiéndose en esos extraños que nunca pudimos ser.
Mi pelo me empieza a quedar demasiado largo y me pongo muy princesa del guisante cuando sopla el viento y la noche tropieza con sus propios pasos.
He dejado de reconocer los nombres propios y, en eso, me parezco bastante a mi procesador de texto. Es mi forma de decir que el miedo también entiende de metáforas y de palos de ciego.
Casualidades que tuercen los tobillos intentando poner de acuerdo todos los acordes que desafinan el humo de este cigarro que se consume por momentos. Con buenos modales. Eso siempre.
Fumar puede matar, pero la vida nos mata siempre, querido.
Lo cierto es que hace días que no escribo
Y vivo un poco
Vivo un rato.