
podría encontrar la silueta de mis dedos
en tus pupuilas
si consiguiese mirarte a los ojos
desde cualquier otro punto de vista,
o
morderme la lengua hasta asumir
cuánta sangre
puede salir de mi boca
antes de pedir ayuda.
si lo intento, de verdad,
puedo sobrevivir a este ruido de gente
y pisadas
y volver a un instante resaca
del que nunca debí alejarme demasiado.
tal vez
sólo sea cuestión de meterme las manos
en los bolsillos
y aceptar este puto proyecto de personaje
intelectual
que lee las páginas sepia de los periodicos
cuatro domingos al mes,
diez meses al año.
hacerme daño con acuse de recibo
y reanudar viejos caminos
con olor a sudor y cerveza.
esperar la siguiente ronda
con un vale descuento
entre los dedos
y un guiño al primer
camarero
que consiga comprender
la metáfora.
la desesperación juega un papel
fundamental
en la trama de la historia
que siempre cuento
y los deseos
se piden de dos en dos
en la barra del último bar
que decide fiarme
las copas.
podría despertar mañana y prescindir de la palabra
poesía
para siempre,
ser la alternativa de un alter ego
con un ombligo demasiado grande
y unos pies
que rozan el suelo
sólo de pasada
y,
sólo por esta vez,
confesar
que todo se reduce a una fachada
agrietada
de intento de tía dura
que ha vivido demasiados años
en la estacada
para saber
que
al borde del mundo
los fracasos se ven menos
pero duelen lo mismo.


