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vivir con la vida en los talones
como si con eso bastara.
pongamos,
fingir que lo de fingir no va con nosotros,
pillar el teclado por los huevos
y lanzar un grito de guerra
mientras las señales de humo
de un cigarrillo mal apagado
juegan al revolcón de las faltas de ortografía
y los días con demasiadas nubes.
volver a vernos pero más mayores
más viejos.
con menos cojones, digamos
aunque más valientes.
o no volver a vernos
y recrearnos en un pasado que se afila los tacones
para con ciertas pisadas.
buscar las cicatrices en el asfalto
como quien busca un tesoro
y acabar con retortijones en el estómago
y una resaca en los dedos
que te ayudan un poco a seguir escribiendo
una historia que siempre pecó
de camino equivocado.
tal vez.
utilizar en clave secreta formas impersonales
para con los poemas
y hacernos los interesantes
mientras las arrugas de la frente
lanzan puñetazos al aire
en un siglo de charco
tormenta,
y pocas luces, colega.
muy pocas luces.
bailar, como baila una madrugada de fiesta
y fuegos artificiales.
salir a la calle con esta carita de pena
y un montón de palabras en la punta de los labios
buscando besos desconocidos
luego
abrazos,
y más besos.
después,
yo qué sé,
dejar de creer que la vida sirve para algo más
que para el siguiente trago.
quitarnos la razón mientras nos quitamos la ropa
y hacer el amor
sólo para poder deshacerlo
y volver
y después...
salir al balcón de los días feos y gritar en voz alta,
muy alta:
estás jodido mundo!
¿a qué duele?